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ARRABAL AMARGO
(Una rapsodia de amor)
La puta negra tenía el coño violeta. Con irisaciones. Por
aquél entonces yo andaba enamoriscado de ella. Pasaba horas (pagadas
religiosamente) contemplando aquél despliegue de color, aquél
vórtice succionador, aquél asombro.
Luego, me lo comía todo.
Ella decía que se llamaba Manuela Ngué y que era una princesa
de la tribu bubi, allá por las Guineas. Sería verdad.
La conocí un día en que decidimos gastar una broma a Arturo
(glorioso criador de canarios).
Eustaquio (pintor ocasional), Alfonso (rentista) y yo (pseudo artista
polimorfo), habíamos estado libando profusamente en el viacrucis
habitual del Raval: la Peña Arrabal del tío Capa, bodegueta
del Estanco, Urbano, Pepito Parres.
En este último, más o menos a la altura del tercer plis-play,
ya bastante cocidos, surgió la idea: En el Club Balón, aparte
del plantel de putas, había llegado hacía poco un maricón
cuyos atributos viriles eran descomunales y, al mismo tiempo, su sabiduría
al travestirse, le hacía pasar por la Grace Kelly de los lupanares.
Pensamos en enredar a Arturo para ir de putas y endosarle a la maricona.
Arturo odiaba el mariconerío y, sin duda, verlo enrrollarse con
la Lupe tendría su gracia, sobre todo cuando la Lupe, después
de haberle hurtado el sobe de la entrepierna, lo dejara palpar el singular
aparato. A Arturo se le llevarían los demonios.
Reímos ampliamente la ocurrencia. Pepito nos puso otra ronda, “la
arrancaora”, y después de trasegarla, partimos hacia la casa
de Arturo.
No nos costó mucho convencerlo. Más bien nada.
Su mujer refunfuñó allá al fondo de la casa cuando
él le dijo que ibamos a ver lo de un trabajo y que vuelvo enseguida.
-Brfgjkss ganduls mmmfregggss borratxos... -Dijo la otaria.
O tal vez fué el gato.
Y henos aquí en la furgoneta camino del Club Balón.
Era una noche de verano, de esas en las que el calor húmedo te
pringa la piel de fluidos pegajosos.
La carretera de La Marina estaba oscura y en aquella larga recta sólo
se distinguían los colores chillones de neón del Club.
Aparcamos.
El ambiente dentro sólo era igualable en cutrerío al mítico
y nunca suficientemente bien ponderado Club Chamizo.
Nos acodamos en la barra, tan pegajosa como nosotros, y pedimos unos cubatas.
Eustaquio, en un aparte, puso al corriente a la Lupe y ella, zorrona,
se apalancó de inmediato a Arturo, le arrimó el culo, le
metió las tetas de pega en la cara, le palpó los entresijos,
le lamió la oreja, le comió la boca.
Nosotros, parapetados tras nuestra respectivas meretrices, saboreábamos
el momento mal aguantándonos la risa. Le hacíamos gestos
de aprobación a Arturo. Y lo animábamos a corresponder al
lúbrico ataque de la Lupe. A Arturo para entonces no le hacían
falta ánimos. Rojo bajo la luz roja parecía un viejo sátiro
bañado en los reflejos del fuego del infierno, lanzando envites
a la sílfide.
En éstas que la Lupe, subrepticiamente, soltó la cinta que
mantenía su pene pegado al culo y el badajo colgó más
allá de la ínfima minifalda. ¡Casi le llegaba a la
rodilla!. El sátiro no se había dado cuenta. Y nosotros
reíamos ya como locos. Arturo nos ignoraba, encendido y harto de
culo dirigió su mano hacia el punto álgido. Bajó
por el muslo y luego subió.
Se puso lívido. Extrañado e incrédulo palpó
aún un par de veces la cosa. Luego miró hacia abajo, vió
aquello por fin y gritó.
Y luego, el muy cabrón, le metió una patada a la Lupe en
los mismísimos.
A partir de entonces todo se precipitó. El camarero saltó
la barra y se fué a por él. Nosotros a por el camarero.
El chulo de la puerta y todas las putas chillando a por nosotros. Y la
Lupe doblada en el suelo como muerta.
Entonces, mientras intentaba respirar, aprisionado en aquél montón
de cuerpos gesticulantes, la ví.
La ví. Salía a los gritos con una teta fuera, como la República.
Tras ella un gordo mamón con los pantalones bajos. Ella toda blanco
de ojos y blanco de dientes sobre su negra negritud. La boca reluciente,
mojada de Dios sabe qué fluidos que andaba trasegando amorrada
al pilón del gordo mamón. Aquellas piernas largas y ligeras
como columnas góticas, aquellos hombros como arquitrabes, aquellos
brazos como cóndilos, las manos como tímpanos, los pies
como astrágalos, las uñas como sépalos, su pelo como
fúlgido, el naso como un Gólgota. Parecía toda envuelta
en un hálito esdrújulo.
Entre esa visión y el puñetazo que me partió la boca
el tiempo no transcurrió, permaneció quieto y absorto como
yo y como yo entró luego en el silencio absoluto.
En urgencias me cosieron el labio superior a punto de cruz.
A la mañana siguiente le pedí dinero a mi madre. Yo estaba
limpio. Era para una urgencia, le dije. Te lo devolveré pronto,
le dije.
Llegué al Club Balón temiendo que ella no estuviera o que
el chulo no me dejara entrar por lo del tumulto de ayer. Pero no, el chulo
sonrió feliz al ver el costurón en mi boca y me abrió
paso socarrón, haciéndome una reverencia como si yo fuera
el rajá de Kapurthala. Encima coñas...
Ella estaba allí, acodada en la barra se mordía las uñas
soñolienta con la elegancia lenta de un felino. Refulgía
todo lo que puede refulgir una cosa negra en un sitio oscuro , pero a
mí me pareció que refulgía.
Pactamos el precio en un susurro y aquél comercio me pareció
una bella canción de amor.
La seguí como un cordero.. Cayó su top, cayó su falda,
bajé su tanga. Me ardía la herida del labio. Manuela sobre
el blanco sucio de la sábana mugre. Café con leche. Blanco
y negro. Op-art. Recorrí todo aquello buscando con el dedo itinerarios
en el mapa del tesoro. Separé sus muslos. Y se abrió el
universo multicolor. El big-bang. La respuesta a todas las preguntas.
Asombroso. Aquella joya me hizo olvidar el resto del cuerpo. Entré
en un estado de confusión. Tan pronto sentía una profunda
curiosidad científica por la cosa como caía en un lírico
arrobo contemplativo. En los intermedios de aquel programa doble y a pesar
del dolor de mi boca lo besaba, lo lamía, lo abría, lo cerraba,
lo tocaba, lo veía moverse al empuje de los espasmos entrecortados
con los que se corría Manuela. Manuela todo ritmo africano. Manuela
dos bongos en el culo. Manuela Ngué.
Envite tras envite fuí olvidando el dolor de mi boca hasta que
desapareció.
¿Desapareció?.
Incrédulo me toqué la herida. ¡Había desaparecido!.
Me levanté. Fuí al baño. Me miré en el espejo.
Apenas una manchita quedaba de aquel mal remiendo.
¡Dios mío! Aquél paraíso tornasol de los bajos
de Manuela era además agua lustral, cicatrizante, curativo, milagroso...
Volví al camastro donde Manuela, desmadejada, me miraba con cierta
extrañeza soñolienta.
-¡Manuela! Mi herida...mi herida ¡cerrada!. ¡Es un milagro!.
¡Tienes un tesoro en la entrepierna!.-le dije exaltado.
-Eso me decía mi madre. Ella también fue puta. Allá
en Tombuctú.-me dijo ingenua.
En aquel momento decidí quedármela. Sacarla de allí.
Pasearla por el Raval. Hacerla cruzar en triunfo el arco de la plaza como
una Victoria de Samotracia negra. O como una Santa Teresa de chocolate
bajo palio. Construirle una ermita junto al río. Elevarla a los
altares. Crear con las beatas del barrio una orden monástica para
adorarla. Peregrinos de todo el mundo. Repicar de campanas. Hacer sonar
sistros, crótalos y cromorlos de bajo grave a mayor gloria del
Santo Potorro.
Y darle todos los días lo suyo.
Debía pensar algo. Deprisa.
-Me voy, tengo que irme, amor mío.-le dije
-Pero si todavía no te has corrido... ¿No quieres meterla,
cariño?.- me dijo cumplidora.
-Volveré, no lo dudes. Guárdame bien eso.-le dije, mientras
daba un último vistazo a la maravilla.
-A veces este oficio es un chollo. Me paga por comérmelo. Hay gente
para todo.-le oí decir mientras yo salía todo acelerado.
Me refugié en el Pepito Parres. Pedí un plis-play. ¿Qué
hacer? ¿Por dónde empezar?. Debía urdir un plan.
Sacarla del Club esquivando la jauría de chulos. Llevarla a algún
lugar donde esconderla mientras amainaba la tormenta. Y luego, pasado
un tiempo, ya toda para mí, edificaría su Iglesia. Un emporio
que ni Fátima, ni Lourdes. Porque, sin duda, el esto de Manuela
no sólo curaría heridas y llagas sino que aliviaría
reumas, artritis, artrosis, mejoraría la vida de esquizofrénicos,
paranoicos y psicóticos en general y curaría de manera definitiva
la alopecia, la halitosis y los pies planos, sin contar los beneficios
que sus jugos dan a la piel aplicados en forma de crema o emulsión
al 30 %. Y es probable que adivine el futuro y que hable en lenguas. Y
ella estará más feliz, que no tendrá que aguantar
los asaltos de los mierdas que van al club a beneficiársela. Sólo
yo, su máximo adorador, el Arzobispo de la Santa Madre Iglesia
de su Llaga Multicolor, le dará lo que ella se merece. Bambú,
bambú, bambú...¡Dios, que velocidad!
-Pepito, le has puesto demasiado café licor al plis-play. Ponme
otro.-le dije mientras jadeaban mis neuronas
Durante los días sucesivos la visitaba a diario. No le quise hablar
de mis planes para que no ardiera de desesperación. Es más,
apenas hablábamos. Yo estaba poseído por una furia pictórica
que me reconcomía. Tomaba febriles apuntes a carboncillo entre
sorbo y lamido a aquel pozo iris de felicidad. Ella, abierta a todas las
lujurias, tarareaba raras melodías de su país. A mí
me ponían.
Comencé a deber dinero a medio pueblo. Mi economía, basada
en un triste sueldo de docente y alguna venta caritativa y esporádica
de mi producción plástica, no estaba para muchas alegrías
de lupanar. Debía encontrar pronto una solución o mi bancarrota
sería de por vida.
María José Cardú era una circunstancia mía.
La conocí un día de farra. Acabamos en la playa aliviando
nuestros ardores en mitad de un vendaval de arena. En la arena es terrible,
es como hacerte una gallarda con dos pliegos de lija del siete. Pero las
urgencias son las urgencias. Lo cierto es que a partir de entonces solíamos
vernos a veces, bueno, más bien nos encontrábamos por azar
e invariablemente nos dábamos a la lujuria con preferencia en aseos
de bares. Era como ir cumpliendo las etapas de un tour vesánico.
María José era muy seria, trabajaba en el Ayuntamiento como
directora de no se qué Patronato. Incluso en la manera de levantarse
la falda de su traje sastre y bajarse las bragas se notaba su condición
de funcionaria. Había cierto carácter oficial al ofrecerte
lo suyo, cierta parsimonia institucional. Sólo faltaba (para sentirse
uno frente a la ventanilla de lujurias varias en aseos públicos)
haber guardado cola y que alguien te sellara las pelotas con una póliza
de 2 euros.
A veces, mientras lo hacíamos me contaba anécdotas del alcalde,
que por entonces era Ramonet (ella, a su modo, era muy puritana y concentrarse
en la jodienda únicamente le parecía de mal gusto).. Recuerdo
especialmente aquella en que Ramonet debía presentar al Sr. Josep
Renau, preclaro cartelista, Ramonet enhebra su discurso, lanza su panegírico
y al final dice: “...y, sin más, cedo la palabra a este gran
artista, cedo la palabra ¡al Sr. Josep Citroën!. ¡Citroën
en vez de Renau! ¿Lo cogéis? ¡Ja, ja, ja! ¡Qué
bueno!...
Pero sigamos con lo nuestro. María José también,
en ramalazos que ella atribuía a sus desvelos por mí, me
exhortaba a dejar mi vida disoluta de docente matutino y gandul y borracho
vespertino para consagrarme a una existencia responsable ya como ujier,
ya como administrativo del Ayuntamiento que hay unas oposiciones ahora
y vámonos que ya he acabado. Si no te dabas prisa y seguías
su ritmo, era capaz de dejarte a medias porque el tiempo es oro, oiga,
y no vamos a estar aquí moviendo el culo hasta que al nene le dé
la gana.
María José Cardú tenía una cueva en la Romana
y, en realidad, eso es lo que importa. Era el sitio ideal para esconder
a Manuela.
Así que empecé a buscar a la Cardú por los bares
que frecuentaba.
La encontré en Directo. Trasegaba su gin-tonic número ya
no me acuerdo pero bastantes, que tengo ya los pies redondos y la lengua
como un estropajo que se me sale de la boca.
Le expliqué lo que me pasaba, le expliqué mi plan, le expliqué
que era imprescindible la llave de su cueva y su silencio y por favor,
por favor, que mira como estoy de los nervios. María José
me miró con ojos bovinos, luego se bajó del taburete y se
encaminó hacia el water tambaleándose.
La seguí.
Cuando entré, Maria José vomitaba profusamente, casi toda
la cabeza dentro de la taza y el culo en pompa. Le levanté la falda
y le bajé las bragas, el hilito del Tampax le colgaba coqueto como
una prolongación de la raya del culo. No tuve piedad, la empalé.
Notaba sus arcadas subir por mi pedazo de carne y, mientras la bombeaba
en lucha con el tampón, apoyé mi espejito sobre su espalda
y me metí dos tiros de farlopa.
Un reguero de sangre y coagulos se deslizaba por mi entrepierna.
Era la una y cuarto. Quince minutos después las llaves de la cueva
estaban en mi bolsillo. Tenía el glande garrapiñado por
el duelo con el Tampax. Pero era feliz. Me veía ya con Manuela
oliendo la fragancia resinosa de los pinos de la cueva.
Cogí la furgoneta y me metí en la noche camino del Club
Balón. Una epifanía de estrellas me seguía por el
cielo. El escozor en mi aparato parecíame un estimulante afrodisíaco,
tan transido iba yo en mi calentura.
A las dos traspasé ansioso el umbral del putiferio. ¡Manuela!
¡Manuela! ¿y Manuela?. Silencio. ¡Manuela!. Manuela
se ha ido. ¿Dónde?. No sé, se ha ido, no volverá,
se ha ido fuera con su tronco. ¿Con su tronco?. Con su chulo, con
su jare, ¡yo que sé!.
Manuela, Manuela, ¡Ay Manuela!.
El camarero me pareció un súcubo que movía la boca
sólo para hablar en nombre de Astaroth.
Los demás eran sombras funestas, corifeos moviéndose en
el decorado de una tragedia infernal.
Es una trampa.
Es una falacia.
Es mentira cochina.
Mi Manuela está perdida en la noche buscándome. Raptada
por un sapo verde lleno de verrugas sebosas.
Manuela desapareciendo en esta noche asesina...
¡Venganza! ¡Venganza!, les grité a todos. A cada una
de aquellas sombras canallas. Y dos brazos nervudos, dos brazos como tenazas
se apresuraron a devolverme al bochorno nocturno.
La brumas sulfurosas de catorce pantanos parecían crecer y abalanzarse
sobre aquella tristeza.
Mi vida, pálida, agonizaba flotando en un azarbe repleto de carpas
azules.
Arrabal amargo.
Lloré apoyado en el quicio de la mancebía.
Mis lágrimas se deslizaban por el cristal oscuro de aquel saladar.
Los cañaverales se movían al aire caliente diciendo: No.
No. No. ¡Nunca más!. ¡Nunca más!...
Y entonces, atraído por mi desesperado llanto, el chulo de la puerta
se acercó, se apiadó de mí. Me mintió. Me
dijo que a Manuela la había arrebatado hacia el cielo un carro
de fuego tirado por siete caballos de fuego, con ruedas de fuego y todo
de fuego. Y que ella no era de este mundo. Y que lo último que
le oyó decir, mientras toda brasa carbón ascendía,
fué mi nombre...mi nombre...mi nombre...
Y es que, en el fondo, el chulo de la puerta es un romántico de
la hostia.

Manuel Maciá Martinez. Elx. Agosto 2003
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