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PAUL QUIGNARD BABADOUX.
(Portrait)


“Padre, si estás leyendo esta carta es porque habré muerto.
Se la dí a Pierre -el cabo de intendencia- para que te la hiciera llegar si acaso yo caía en combate.
Ya he descansado.
Quizá te hagan llegar mi cuerpo, o no. Quizá me descompondré medio hundido en un hoyo fangoso y fétido, junto a otros muertos. Los he visto a cientos, irreales fantoches picoteados los ojos por decenas de pájaros. Los pájaros mudos del campo de batalla. No han huido al estruendo de la lucha. Se refugian en los bosques a la espera del silencio y después caen sobre los cadáveres y se los comen abiertas las alas tapando su oficio de carroñeros. A veces se ceban sobre algún agonizante y sus gritos de muerte se mezclan con los aleteos en una canción grotesca. Yo les hago los coros aullando a la luna o al sol o a la nube. Son las almas de los niños muertos que se vengan, dice Gerard. Gerard todavía cree en el alma. Pero yo sé que el alma no es verdad. Es una prótesis. Un invento de la ortopedia religiosa. Y la “otra vida” es otra prótesis para mantenernos en el miedo. El miedo que ellos administran. Comercian con la vida eterna. Es mentira. Lo supe cuando murió mamá y nunca volvió a visitarme.

Ella, que me dijo que estaría siempre conmigo. Infinita tristeza.

Padre, quema la bandera que tienes colgando de la ventana. Cámbiala por un trapo después de haber limpiado con él la cochinera. La Patria es un Campo de Mierda. En él me hundo con doscientos mil más.
Tendrás el privilegio de tener un hijo muerto a la mayor gloria de la puta Francia, de su apestosa bandera y del Gran Cabrón del General Fouquet.
Te ruego hagas lo imposible por hacerle llegar mi más absoluto desprecio para con todos los de su clase, de suboficiales para arriba. Coméntale que antes de morir he cogido su asqueroso Honor y su Patria de mierda y se los he metido por el culo al capitán de nuestra compañía después o antes de descerrajarle dos tiros en la boca. Pienso hacerlo en el próximo ataque. No lo soporto detrás de mí, amenazando con matar a quien retroceda, siempre escondido detrás de algo, siempre a cubierto. Es un lechuguino de familia bien, que se rila en el campo de batalla al primer alarido de muerte. Me comeré su lengua.

Mi me prometió que siempre estaría conmigo. Infinita tristeza.

Me he dado cuenta de que disfruto despanzurrando a esos que están enfrente y a eso me voy a dedicar hasta que pueda. ¿En que otra situación le está permitido a uno matar sin pena?.
Se les ponen los ojos como platos cuando los empalas con la bayoneta, se asombran de la muerte. A mi me entra la risa nerviosa. Me siento un poco Dios del Universo.
Al principio me daba cierto reparo. Me ponía en su lugar, así con un tajo en el vientre, del esternón a la ingle, sangrando y chillando como un cerdo en la matanza; y me daba repelús. Pero ahora me la suda. Me meo en sus caras de paleto. Ayer me hice una gallarda con las fotos de la mujer de un alemán muerto al que le quité la cartera. Con la foto de los niños -dos- me limpié el culo.
Como veis, me he convertido en un aguerrido guerrero.
Sólo me conmueve la hora del rancho.
Me han dado una medalla por mi comportamiento en el campo de batalla.
Soy un puto héroe papá. Tú que me decías que era un acojonao de la vida.
Me lavo las manos con la sangre de los capullos de enfrente, les hago collares con sus tripas y se las cuelgo del cuello como si acabaran de llegar a Hawai.
La putada es que no les pillamos enfermeras o monjas o cualquier otro coño que llevarnos a la poya. Me pone burro pensar en como aullarían mientras les meto el fusil por el culo y la bayoneta por el puto potorro. Seguro que les gusta a las muy cerdas.

Mamá dijo que siempre estaría conmigo. Infinita tristeza.

Padre, ve al cura de la parroquia y dile que he visto a Dios en el punto de mira de mi fusil y he apretado el gatillo. Dile que su colega de aquí nos bendice cuando salimos a la batalla y nos arenga para matar y morir en nombre de lo más sagrado. Dile que yo lanzo un ¡Aleluya! cada vez que acabo con un alemán, un alma más para el infierno.
Lo mas sagrado es el culo de Lucifer. El Diablo es la Patria, el Honor, pero también es Dios. Dios es el Diablo. Pero no existen. Sólo existe el olor a pólvora, a muerte, a podrido, y esta gota de agua que me cae desde el borde del casco, siempre la misma gota.

Madre, he llorado tanto... Y tú me dijiste que siempre estarías conmigo. Infinita tristeza.

Algunos me miran raro porque me han visto cortar y comer los testículos de algún enemigo. Los despellejo y los cuezo en una lata con bleas, nabos, o lo que pillo. Me transmiten fuerza, me dan energía. Me noto reconfortado. Como una Comunión.
Los católicos, en la Misa, bebemos la sangre y comemos la carne de Dios. Desde niños.
Papá, dile al cura de la parroquia que ahora comulgo con los huevos del alemán muerto. Que no los toco con los dientes. Que los trago enteros, como la Hostia.
Dile al carnicero que te busque huevos de alemán, que te los consagre el cura y tómalos, te darán fuerza, te darán energía. Te sentirás reconfortado. La Gracia de Dios te alcanza cuando comes carne del otro. El otro es el miedo. El que te devuelve tu cara oculta. Es un espejo. Un agujero negro. El esfínter del Universo que está detrás de tu cara. El otro soy yo. Y yo soy el otro. Yo mismo que mañana saltaré a mi trinchera y me abriré en canal. Al sol de la mañana. A la bruma tenue del bosque mágico. A la alegría de la sangre derramada. A los gorgoteos de la garganta seccionada. Al hilo del mediodía. A la brisa de la boca abierta. De los dientes blancos de la lengua roja. Fulgor del brillo metálico. Estallido de la certeza. El tiempo suspendido en el filo de una bayoneta.
¡Sacadme de aquí!.
¡Sacadme de mí!.
El olor del espanto.
El fin.

Padre, ¿sabes que mamá me dijo que siempre estaría conmigo?. Infinita tristeza.
-¿Padre?.
-Sí, hijo.
-Quiero matarte.”


Paul Quignard Babadoux. VII Regimiento de Granaderos. Verdún. 17-9-1915

Hallé esta carta en Enero del 2005 entre un lote de efectos militares de la 1ª Guerra Mundial que compré en una subasta por Internet a un ingeniero sueco. La carta se encontraba en el bolsillo interior de una casaca (imagino que sería la del cabo de Intendencia Pierre), en un sobre sin abrir doblado varias veces. El destinatario era Jean Quignard Annaud, presumiblemente padre de Paul Quignard. La dirección: rue d’Auvers, 135, 4º, 2ª. Paris.
Me picaba la curiosidad y, como hacía tiempo que no visitaba a mi querida Juliette, utilicé el puente de Mayo para un viaje en el que matar dos pájaros de un tiro, arrimar los trastos a la bella y acercarme un poco más a la historia de Paul. Fuí en Mayo, aunque siempre he preferido París en Otoño, porque creo que la melancolía propia de esa estación le sienta bien a mi relación con esa ciudad, a la que siento como mía. Nunca, ni siquiera la primera vez, me sentí extraño en París. Mi inolvidable profesor de francés Monsieur Martin me había hecho pasear por sus calles, con la imaginación, veinticinco años antes de mi primer viaje. Tuve esa primera vez la sensación de haber estado ya allí, la convicción incluso. No sólo en los sitios más conocidos y más tópicos, Montmartre, Sacré Coeur, Louvre, Île de la Cité, Notre Dame, etc., sino también en aquel París canalla, negro y blanco donde corre el ron de caña, la absenta, y se rozan las carnes y se mezclan los sudores. Allí conocí a Juliette. Colgaba del cuello de un mandinga tamaño trailer. No bailaban, daban vueltas cortando el humo pesado de aquel semisotano repleto de sonidos, cuerpos y alcoholes del Caribe. En una de sus locos giros me atropellaron. Antes de que me pudiera quejar, el trailer me había levantado como una pluma y me había llevado al abrevadero.
Botella y media después, Juliette me devolvía el aliento haciéndome el boca a boca mientras la mole entrelazaba de vez en cuando también su lengua con las nuestras. Hicimos sandwich de Juliette aquella noche y, al día siguiente me llevó -radiante ella, medio muerto yo, desaparecido el trailer- a almorzar a La Coupole, sabiendo, como ya sabía, lo que me gustaban los sitios-residuo del artisteo de culto aquel de cuando el tío Pablo Picasso. Y hasta hoy, oiga, que ya peinamos algunos canas.
Así que, con la doble misión que me había impuesto, amanecí en los Parises.
Hay que ver lo bien que llueve en París, le dije a Juliette mientras nos hacíamos arrumacos en la trasera de un taxi, y tú mira p’alante le dije al taxista, que no perdía ripio. ¡Oh la, la! ¡París! (Acordeones)... A la rue d’Auvers 135, 4º, 2ª, le indiqué, y salimos cortando mientras, en la radio del taxi, lanzaba gorgoritos la Mireille Mathieu (pero ¿en qué siglo estamos?). Retomé, mientras las luces fugaces de la calle nos recorrían las entretelas, los dulces itinerarios que adornaban la geografía corporal de mi Juliette, pero me guardaba lo mejor para luego, nos gustaba alargar la cosa hasta que ya no podíamos más... Y juraría que el taxista se la está meneando...
Cuando llegábamos a la rue d’Auvers, Juliette y yo eramos un lío de brazos y piernas, y fluidos y ojos y bocas buscándose. Aún en esa tesitura, mi imaginación viajaba hacia nuestro destino y, entre sorbo y sorbo de carne de Juliette veía el piso de Quignard y sus descendientes que aún vivían allí hablaban conmigo de él y me enseñaban viejas fotos de su infancia. No me muerdas ahí, cabrona.
Ya eramos semilíquidos cuando el taxista con la voz temblorosa del que se está yendo murmuró: “Rue D’Auvers 135, mes chers cochonets”.
Miramos por la ventanilla a través de la lluvia de París. Jamás había llovido tan triste sobre un taxi de París, sobre los viejos adoquines de la rue d’Auvers, sobre la historia perdida de Paul Quignard, y las trincheras de Verdún, y los muertos fantoches sin ojos de la Gran Guerra, y sobre los pájaros mudos y los perros mojados y las bolsas de basura y las sombras con gabardina bajo los paraguas de París.
Llovía la tristeza también bajo los paraguas de París, sobre los charcos espejo de la rue d’Auvers nº 135, no había viviendas, se alzaba, imponente, naufragando en su propio reflejo, el cementerio Père Lagrange. “Mil setecientos noventa” proclamaba una chapa atornillada en la puerta de forja.
Rue d’Auvers nº 135 (cementerio Père Lagrange), 4ªcalle, 2ª tumba, en una sencilla lápida se lee:

JEAN QUIGNARD ANNAUD
1868-1901
TU ESPOSA Y TU HIJO NOTE OLVIDAN

Juliette y yo volvemos a nuestras calenturas, se me sube encima, me engulle los bajos y con su pelvis loca me comienza a hacer la batidora. El taxista arranca camino de ningún sitio. La rueda del destartalado Renault pasa por encima de la vieja foto esa en la que un grupo de soldados franceses posa para la posteridad.


Pero ¡Qué puta es la guerra! ¿No?

Manuel Maciá Martinez. Febrero del 2006.


P.D. Agradecimientos a Manu Chao (hace un cameo en la carta), Jim Morrison (hace un cameo en la carta), Leo Bassi (hace un cameo en la estructura del escrito) Diego Carrasco, Tom Waits, Meredith Monk, Def con Dos, Los Muertos de Cristo, a Mozart y a Mahler a ratos , y a la familia y los amigos que me aguantan.